Mateo cuidaba una estación pequeña donde ya no paraban trenes de pasajeros. El edificio tenía una cafetería, una sala de exposiciones y un reloj antiguo junto a la puerta. Su trabajo era abrir por la mañana y cerrar después del último evento.
Un lunes, cuando ajustaba el reloj, encontró una frase escrita detrás: «Puedes pedir un minuto al día. Lo pierdes a la mañana siguiente». En un lateral del reloj había un botón verde. Mateo pensó que era una broma de alguien que había reparado el mecanismo.
Aquella tarde, una mujer dejó su cartera en la cafetería. Mateo la vio subir al autobús frente a la estación. Corrió hacia la salida, pero el conductor estaba cerrando la puerta. Al pasar junto al reloj recordó el botón verde. Todavía podía pedir aquel minuto.
Mateo lo pulsó. Todo quedó quieto: el autobús, una bicicleta y hasta el agua de la fuente. Él podía moverse. Recogió la cartera de la mesa y la llevó al autobús. Sesenta segundos después, el reloj sonó otra vez. La mujer recibió sus cosas y le dio las gracias, sin notar nada raro.
A la mañana siguiente, Mateo desayunaba cuando el reloj pasó de las ocho a las ocho y un minuto. La radio saltó del final de una noticia al comienzo de otra. No recordaba haber esperado ese minuto. La tostada quedó demasiado oscura antes de que pudiera sacarla.
En el trabajo comprobó la frase. Cada préstamo duraba sesenta segundos y solo podía pedir uno entre medianoche y medianoche. El coste llegaba a las ocho de la mañana siguiente. La hora aparecía en una segunda línea detrás del reloj. Mateo la copió junto al botón para no olvidar la regla.
El martes podía terminar un inventario más rápido si pedía otro minuto. Tenía prisa porque quería ver a su hermana. Colocó la mano sobre el botón, pero la retiró. Un minuto no resolvía todo el trabajo. Cerró una caja y dejó anotado lo que faltaba para el miércoles.
Esa noche pensó en la cartera. Había valido la pena recuperarla. Sin embargo, tuvo que preparar otra tostada y salir de casa sin terminar el café. El tiempo seguía pasando para las cosas mientras él perdía aquel minuto.
El miércoles desayunó más despacio, atento a la radio. No faltó ninguna noticia ni cambió el reloj de golpe. La deuda del lunes ya estaba pagada. Mateo llevó al trabajo dos horas bien apuntadas: el momento del préstamo y el momento del salto. No quiso probarlo otra vez solo para comprobarlo.
El miércoles dejó de tocar los ajustes del reloj. Cambiar sus manecillas no le devolvería ningún minuto prestado. Al abrir la estación saludó al conductor del autobús. Tenía la cartera de otra viajera para dejarla en objetos perdidos.
Mateo la guardó en un cajón, apuntó el nombre y preparó un cartel. Esta vez la dueña podía venir a recogerla sin que nadie parara el tiempo.
