Beatriz llevaba la organización técnica de un grupo de teatro del barrio. Su tarea del miércoles era sencilla: hacer sonar un timbre cuando el actor dijera «No espero a nadie». Había grabado el sonido en su teléfono para no depender de la vieja campana del escenario.
El centro cultural tenía varias salas. En una ensayaban ellos; al otro lado del pasillo, un grupo hacía ejercicios con música. Beatriz pidió prestado un altavoz y lo conectó. Una luz azul apareció en la pantalla, así que dejó el aparato detrás de una puerta falsa.
Los actores empezaron. Marcos dijo su frase y Beatriz pulsó el botón. No se oyó nada. Miró el volumen, lo subió y volvió a intentarlo. Marcos esperó unos segundos y abrió la puerta sin timbre. Detrás no había nadie porque la otra actriz tampoco había entendido la señal.
Beatriz paró el ensayo. Comprobó el cable de carga y puso una canción. La sala siguió en silencio. El altavoz podía estar estropeado. Mientras lo examinaba, una mujer llamó a la puerta real del salón.
«¿Podéis dejar de tocar el timbre?», preguntó. «Cada vez que empezamos un ejercicio suena en nuestra sala».
Beatriz miró su teléfono. La conexión aparecía como «Sala dos». Ella estaba en la sala uno. Los dos altavoces del centro tenían el mismo aspecto y uno seguía guardado en el teléfono desde una actividad anterior.
Fueron juntas al otro salón. Seis personas estaban tumbadas en colchonetas. La profesora explicó que había parado la música para preguntar quién esperaba una visita. Después el timbre volvió a sonar cuando todos intentaban relajarse.
Beatriz pidió disculpas y desconectó el teléfono. La profesora recuperó su música. Un empleado les enseñó a poner nombres distintos a los altavoces: «Teatro» y «Ejercicio». También pegó esas palabras en los aparatos con cinta de papel.
El empleado les pidió hacer una prueba antes de cada ensayo. A veces otros grupos usaban los mismos aparatos los fines de semana. Beatriz guardó una nota en la funda del teléfono y borró la conexión antigua. Después fue a avisar personalmente a la profesora de que el problema estaba resuelto.
Antes de volver al ensayo, Beatriz probó una sola vez la conexión correcta. El timbre sonó detrás de la puerta falsa. Marcos abrió y la actriz entró a tiempo. Ya podían continuar.
Al final de la escena, el personaje debía llamar a la policía desde un teléfono de plástico. Marcos lo levantó y miró a Beatriz. «¿Este también habla con la sala de al lado?»
La actriz le quitó el aparato antes de que terminara la broma. Era exactamente lo que decía el guion. Beatriz anotó la hora del timbre y pidió repetir desde aquella frase. En el pasillo, la música del otro grupo siguió sin interrupciones.
