Durante su primer mes como voluntario en la biblioteca, Hugo ordenaba los libros devueltos los jueves. Separaba novelas, libros de cocina y cuentos infantiles. Un día encontró tres tarjetas pequeñas entre las páginas. Todas tenían el mismo círculo dibujado a mano.
Las tarjetas no eran separadores comerciales. Estaban cortadas de una caja de cereales y llevaban una fecha. Hugo preguntó a la bibliotecaria si pertenecían a alguna actividad. Ella no las reconoció y le pidió guardarlas junto a los libros, sin tirarlas todavía.
La semana siguiente apareció otra tarjeta. Esta vez había un recibo de devolución dentro del libro. El papel indicaba el martes a las once, aunque Hugo había sacado el volumen de una bolsa entregada el jueves. Pensó que alguien había mezclado préstamos antiguos con los nuevos.
Miró el calendario de entregas que estaba en el mostrador. Los martes, un voluntario llevaba libros a personas que no podían ir a la biblioteca. Los jueves los recogía. Hugo conocía a la mujer que hacía el recorrido, pero nunca coincidía con ella.
Dejó una nota y esperó hasta el martes siguiente. Elisa llegó con dos bolsas y una lista de direcciones preparada por la bibliotecaria. Al ver las tarjetas, explicó que dibujaba un círculo cuando el lector ya había confirmado una entrega. Cada tarjeta pertenecía a un libro, no a una persona.
Elisa enseñó una tarjeta sin círculo. Ese libro aún no tenía fecha de entrega porque su lector no había confirmado cuándo estaría en casa. Cuando recibía el aviso de la biblioteca, ella añadía la marca. El sistema era sencillo, pero las tarjetas debían permanecer dentro de sus libros hasta completar el recorrido.
«Antes dejaba una nota en una bolsa», dijo. «Pero algunos lectores usan otras bolsas. Así puedo comprobar los libros uno por uno».
Hugo le mostró el recibo. Elisa reconoció el título: era una novela que debía llevar aquella mañana a un lector. El jueves anterior había metido por error una bolsa de próximas entregas en el carro de devoluciones. El recibo era de una devolución previa y se había quedado dentro.
La bibliotecaria revisó el registro. Los otros tres títulos también seguían reservados para el servicio a domicilio. Nadie había perdido un préstamo, pero esa mañana dos lectores habrían recibido menos libros de los esperados.
Hugo fue a buscarlos a las estanterías. Encontró uno en cocina y dos en novelas. El cuarto todavía estaba en su mesa. Elisa comprobó los títulos con la bibliotecaria y volvió a llenar las bolsas.
Decidieron dejar dos cajas distintas junto al mostrador: «Entregas» y «Devoluciones». Elisa siguió usando sus círculos; Hugo ya sabía para qué servían. Antes de irse, ella contó las tarjetas y las comparó con los libros. Había cuatro de cada cosa.
Hugo llevó las cajas vacías al almacén y regresó con unas etiquetas más grandes. No quería volver a colocar una bolsa en el carro equivocado.
